miércoles, 2 de enero de 2013

CAFE A CUCHARADAS



Café a cucharadas

Agosto  del año 2011. Mis peores previsiones se cumplieron. Sin trabajo, sin ingresos y prácticamente sin recursos.  España es un polvorín. El paro, la aburguesada clase política, los recortes económicos y la crisis me hacen salir disparado.  Once horas de vuelo hacen el resto; destino Montevideo. Atrás mi familia, mis vecinos, mi desahuciado hogar, mis amigos.
                El aeropuerto de Carrasco me da la bienvenida a una primavera húmeda y sofocante. Me sobra la mitad de la ropa y aún no he bajado del avión. Retiro mi pequeña e inconfundible maleta, que refleja mi inapetente vida de los últimos meses, y me dirijo en taxi a Sayago. Media hora escasa y estoy en José Batlle y Ordoñez. Tengo suficiente tiempo hasta las 6 de la tarde, para reposar y ordenar mis papeles, mis citas de trabajo y mis mapas trabajados desde Madrid.  Desde la sombra de un pequeño árbol diviso Pizzería “La Facha”. Evidentemente mis ideas políticas no me invitan a entrar y sonrío imaginando a Esperanza Aguirre dando vueltas a una rica masa mozzarella. De todas formas sólo necesito un café y un vaso de agua y los pensamientos me llevan a Orgi Sayago. Pienso que su nombre es un poco lascivo vuelvo a sonreír. El frescor agradable del aire acondicionado invade mi rostro y descanso a plomo en una sillita pequeña pegada a la cristalera de la calle.  Un café con hielo, un empleado y una señora sentada en la barra son los únicos habitantes de esta bonita cafetería. Pausadamente, el camarero seca copas una a una, y la mujer sentada de lado a la barra se toma el  café cucharada a cucharada, dejando brevemente la cuchara en su boca y sacándola de nuevo muy despacio. La introduce en la taza, remueve el café y vuelve a tomar su cucharada. Espero encontrar trabajo más rápido de lo que se mueve esta gente, pienso extrañado.
                La mirada de la señora del café se cruza con la mía y la evito girando la cabeza hacia la calle. Cierto es que su atractivo físico me sorprende y  las cucharadas las voy sintiendo como propias. Su pelo rojizo hasta media espalda hacen deslizar mis ojos a un bello trasero que hacen despertar mi erección. Unos vaqueros ajustados son ahora suficientes para mí. Demasiado tiempo solo quizás. No lo sé, pero intento distraerme con los transeúntes de la calle. Mi cabeza fija  en el cristal apoyando la frente en el vidrio buscando el frescor que me falta en otra parte de mi cuerpo. Dos minutos como un imbécil son suficientes para volver el rostro hacia la barra. Ella ya no está. Por fin puedo respirar. Se me hace tarde. Me levanto, pago el café, orino me relajo y me voy, hablo para mí. Así lo hago; y  pregunto al camarero por el baño que con un gesto rápido de cabeza me indica el lugar. Un pasillo estrecho y oscuro conduce a una única puerta en la que reza “Uno para todos”.  ¡Vaya! exclamo. Curiosa manera de explicarlo.
                Giro el pomo de la puerta y abro sin esfuerzo. La pelirroja de blanco se encuentra en el lavabo pintándose los labios, muy despacio, siempre muy despacio. Me quedo perplejo observándola por el reflejo del espejo. Detiene su pintalabios y se  dirige hacia mí.
-¿Sólo le gusta mirar a vos? Me pregunta.
- No, no, perdón…balbuceo. Yo no le miraba a usted. Siento que se me atenazan los músculos incluida la lengua que no puede articular más palabras.  Dos pasos de ella son suficientes para ponerse a mi altura. Con una mano me acaricia el pelo, y junta su cuerpo con el mío. Me mira fijamente, no pestañea.  Siento su otra mano en mi bragueta. Me masturba despacio, siempre muy despacio, y me besa. El sabor a café me impregna los sentidos. Cierro los ojos sudando y llego al orgasmo en un intenso arranque de placer.
-¿ Caballero?  Vamos a cerrar el local.
Abro los ojos entumecidos por el sueño. El camarero me zarandea despacio, siempre muy despacio. Miro el reloj asustado. He perdido la primera entrevista de trabajo y necesito cambiarme de pantalones. Joder, soy un desastre.