viernes, 31 de mayo de 2013

Con los ojos cerrados y los sueños despiertos

Cuando abrí los ojos, aún adormecido por la anestesia, fuiste la primera persona que vi. Tus ojos grandes, siempre sonrientes y amables, liberan una sonrisa a cualquiera que te observe. Sin embargo, recibiste un bofetón absurdo de mi ego adolescente que creo, afortunadamente, no recuerdas. La apendicitis, en plena pubertad, me debió afectar más de lo normal. Ahora, casi 30 años después, repaso las imágenes de aquella época, sin duda la más bella. Me miro en el espejo, atónito ante alguna cana que asoma al comienzo de mi cuarta década. Cierro los ojos y te vuelvo a ver, haciendo el burro en casa, sacando fuerzas de flaqueza, franqueando los límites de la tranquilidad para una casa con 7 personas. En resumen, alegrándonos la vida. Para ti no había barrera infranqueable, cabezona como nadie y por tus santos cojones que lograbas el objetivo marcado. No ha cambiado demasiado en ese sentido desde entonces. Con los estudios y en el trabajo, nadie te discute. Como madre, indestructible; como persona, inmejorable. Naciste la segunda y te colocaste en cabeza. En ti nos apoyamos para todo; lo bueno, lo malo, lo mejor y lo peor. Siempre fuerte por fuera con la coraza indestructible, sufres por dentro lo que no hemos podido ver. No queremos perder la sonrisa de la “tula”, la mofletes que siempre nos prestó su apoyo, que nos hacías reír a cada momento. Cuando uno de los cinco sufre, el resto de los dedos se doblan hacia dentro y hacen un puño. Como siempre. Abro los ojos. Vuelvo a mirar en el espejo. Estás detrás de mí. Con los ojos cerrados, pero con los sueños despiertos. Te quiero hermana