miércoles, 7 de agosto de 2013

Mirando a Cuenca

A cuatro patas, con los antebrazos apoyados en la sábana, los calzoncillos por los tobillos y mi dignidad por los suelos. En la pared fotos de niños, calendarios marcados, una sala fría…sólo faltaba una panorámica de Cuenca colgada ante mis ojos. ¿Qué me impulsó a probar esta experiencia a mis 39 años? Mi mujer, mis hijas, mis amigotes, mi adolescencia rompedora con las chicas, todo echado por la borda en cuestión de minutos. Mientras recordaba, ya sudaba mi frente, me temblaban las piernas y aún no había sentido nada dentro de mí. Empecé a oír cómo se enfundaba el látex en su miembro, ¿Cómo sería de grande? Un señor de unos 55 años, con anillo de matrimonio, quizás con hijos también, qué degenerado, desvirgarme a mí…claro que fui yo el que llamé para sodomizarme. Sentí sus pasos hacia mí esperando el momento. Entró despacito, solo una vez, me resistí a chillar para que no pensara que me gustaba, ¿y si me gustaba? Se me hacía eterno e imaginaba su cara de salido regocijándose con la visión de mi culo en pompa. Pero sólo fueron unos segundos, quizás un minuto. Sacó su miembro sin delicadeza lo que sumó un suspiro afeminado por mi parte, y se dirigió a mí diciendo: “Confirmado, es una almorrana. Échate esta crema 2 ó 3 veces al día”. Salí de la consulta del médico con cara de imbécil, pensando que la gente sabía lo que me habían hecho. “Ya me daré la crema yo solito en casa”, afirmé con dureza.

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